Rebeca llegaba a Megavisión para reunirse
con Gonzalo Cienfuegos Jr. ahora el presidente del canal y de las empresas de
la Organización Cienfuegos.
–Buenos días tengo cita con el señor
Cienfuegos.
–Buenos días, siéntese que ya la anuncio.
–Gracias.
Rebeca se sentó y miraba a la secretaria.
–Disculpa, y la otra secretaria? Ofelia?
–Se fue del país cuando el señor Cienfuegos
padre se retiró.
–Ah ok, gracias.
–Ya puede pasar.
Rebeca se levantó de prisa y su cadera hizo
un sonido como cuando algo calza en un sitio, le ociasionó un leve dolor que le
hizo recordar cuando Ricardo la pateó lanzándola por las escaleras.
Entró a la oficina.
–Rebequitaaaa, ¿cómo estás? Bueno que ya no
eres Rebequita, ya estas vieja.
–Te recuerdo que tengo 36 años.
–Para ser protagonista estás vieja.
Rebeca miraba con odio a Gonzalo que la
invitó a sentar para contarle sobre la serie.
–Esta reunión debería ser con el escritor y
con la producción de la serie pero el escritor no te quiere en la serie, fui yo
que se lo pedí y a la productora le dije que me quería reunir contigo primero.
¿Ves? Aún tienes privilegios en la que fue tu casa.
–Sé que no es de gratis.
–Eres inteligente. A ver, el protagónico no
te lo voy a dar, eso ya está asignado a una estrella emergente.
–Seguro una miss.
–Correcto, hermosa, joven y complaciente,
sabe lo que quiere y como conseguirlo, así que le tengo de protagonista.
–O sea ¿que me vas a poner de madre de una ventiañera?.
–Vaya pero hoy las agarras en el aire,
amaneciste perspicaz.
–Ay Gonzalo, no estoy para tus sarcasmos,
dime el papel que me tengo que ir.
–Cálmate que todavía te queda rato conmigo.
El papel que le iba a dar era de la madre
de la protagonista, una mujer fuerte dueña de un gran imperio hotelero, madre
de tres hijos que usa bastón por un accidente de tránsito. Un mujer fría y
calculadora que no le temblará el pulso para cumplir sus objetivos. Una mujer
de 50 años.
–Tu te volviste loco, ¿Tú me vas a poner de
50 años? 14 años más vieja de lo que soy. Eso no se lo va a creer nadie.
–Tenemos un departamento de maquillaje que
hace unas caracterizaciones dignas de Hollywood.
–Me niego a prestarme a esta humillación.
–¿Humillación? Es el momento para demostrar
que eres una verdadera actriz y mira que le vamos a mentir a la gente porque en
los créditos saldrás como el regreso de la primera actriz.
–No, no quiero.
–Mira, Para que te den el protagónico vas a
tener que acostarte con el escritor ¿quieres entregarte a ese hombre de 60
años? Ah verdad que te acostabas con mi papá, entonces mira adelante, proponle
acostarte con él y seguro te dará el papel.
Rebeca se levantó de la silla para salir
del despacho.
–El detalle es que el escritor es gay, creo
que lo tendrás complicado.
Rebeca se detuvo, dio la vuelta.
–¿Qué tengo que hacer?
Gonzalo le lanzó unas llaves. –Ya sabes
donde está el apartamento, me esperas ahí
Rebeca llegó a apartamento y comenzó a
revisar la cocina, estaba como buscando algo, vio unas botellas de vino y se
atrevió a abrir una, buscó una copa en la sala y se sirvió. Fue al cuarto,
abrió la puerta. La cama impecablemente tendida, entró y se fue al baño, vio cada
envase y frasco de perfume.
–Este hombre se da la gran vida.
Salió del cuarto y dio una vuelta en la
sala de nuevo y se dirigió a una puerta, se acercó y algo que no sabía que era,
le dio susto, su corazón comenzó a latir deprisa, le dio a la manilla de la
puerta y abrió.
Una tenue luz apenas iluminaba el espacio,
se veía algo que parecía un columpio, habían cosas guindadas en las paredes,
cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, vio unos dildos y látigos y
ahora si veía el columpio de cuero agarardo de unas cadenas.
De repente alguien apareció. Rebeca dio un
brinco echándose para atrás. Se puso la mano en el pecho, sentía que el corazón
se le salía.
–Quítate la ropa y móntate en el columpio.
-El hombre tenía una máscara negra en la cara, apenas se le veía la boca, nariz
y ojos, un interior negro y unos cueros cruzados en el pecho. En una mano tenía
un látigo.
–¿Gonzalo?
–Quítate la ropa.
Rebeca estaba nerviosa, no podía ver bien
si era Gonzalo. –¿Quién eres?
El hombre levantó el látigo que tenía
varias tiras de cuero, le golpeó a Rebeca en las piernas.
Rebeca pegó un grito y salió de la
habitación y tropezó con alguien.
–Rebequita, ¿dónde vas? Esto todavía no
empieza.
La actriz estaba temblando de los nervios.
–No me hagas nada por favor.
–Shhh, tranquila, vas a tener sexo con
algunos complementos, deja los nervios, estás temblando. Hazle caso al hombre
que está ahí dentro y te va a ir bien.
–¿Me van a violar?
Gonzalo la agarró del pelo por detrás y la
besó metiéndola la lengua. –Todo depende de ti, si colaboras todo saldrá bien.
–No Gonzalo, yo no quiero el papel, no.
–Shhhh, ya estás aquí. Ven quítate la ropa.
–NO por favor.
Gonzalo le arrancó la blusa y le bajó el
sosten sin desabocharlo. –Te estoy diciendo que dependerá de ti como te vaya,
quítate el pantalón.
Rebeca lo hizo, se quitó los tacones y el
pantalón.
–Ven, inhala esto, tranquila, un poco de
este lado y ahora eeeeste, bien, móntate.
La cargó y la montó en el columpio
amarrando sus manos y alzando las piernas para amararrlas también.
Le dio para que inhalara más popper y el
otro hombre le daba latigazos suaves en la espalda y nalgas. Gonzalo se quitó
el pantalón y se puso lubricante en el pene. Se acercó y la penetró de una vez
por la vagina.
Se retiró y vino el hombre que desprendió
el cuero que tapaba su ya erecto pene y también la penetró. No tuvo
contemplaciones y la penetró empujando con fuerza mientras Gonzlao le daba para
que inhalara de nuevo.
De una repisa cogió un pene de goma negro
de dos cabezas. Se le acercó a la cara de la actriz.
–Mira lo que te vamos a meter, vamos a rellenar
tus huecos. –Le lanzó la goma al hombre que metió una cabeza por el ano, iba
metiéndolo rápido empujando y halando.
–Sigue. –le dijo el hombre al empresario,
mientras él con el látigo golpeaba a la mujer.
Gonzalo, sin retirar el pene del ano, lo
dobló introduciendo la otra cabeza por la vagina. Rebeca gritaba. Gonzalo
comenzó a mover el pene de goma, mientras el otro hombre le gopeaba con el
látigo.
–Tápale la boca, que no grite. –Gonzalo introdujo
el pene lo más que pudo en los dos lados, Rebeca se retorcía, sacó el pene de
golpe y la penetró.
La bajó del columpio. –Arrodíllate y mama.
Ambos se pusieron frente a ella mientras le
hacia el sexo oral a cada uno. Le sujetaban la cabeza para que se tragara los
penes.
El hombre se apartó y regresó para orinar a
Rebeca que empezó a gritar. Recibió una cachetada.
–No grites, no grites, sigue mamando
mientras recibes la ducha. –Gonzalo se masturbaba mientras ella seguía mamando.
–Métete el de él. –Rebeca cambió y Gonzalo
le acababa en la cara mientras ella le mamaba el guevo al hombre que la cogió
del cabello para retirarle la cabeza y acabarle en la boca.
–Abre la boca. –Tres chorros directos a su
garganta para luego el resto quedar salpicado en su cara. La soltó y la dejaron
arrodillada en el piso.
–Ve a lavarte, estás asquerosa.
Rebeca se levantó del piso adolorida, se
sentía humillada y estaba llorando. Entró al pequeño baño del cuarto.
–Esta máscara me tiene enfermo ya, ¿me la
quito?
–No, no, no. que no sepa quien eres,
quédate aquí y yo la despacho, la espero afuera, quedaté acostado que no te
vea, yo salgo.
Rebeca salió del baño con una bata y se
retiró del cuarto.
–Aqui estoy Rebeca, ven. -Gonzalo estaba
desnudo sentado en el sofá –El papel es tuyo. –Le dio una nalgada.
–¿Tienes algo para el dolor de cabeza?
–Si, en la cocina, encima del mesón igual
se te va a quitar, eso es por el popper.
Rebeca regresaba a la sala. –¿Que me des este
papel en la serie qué representa?
–¿Te refieres al contrato? Se te pagará
mensualmente por lo que dure el proyecto, más nada, compartes camerino y eso sí
comes gratis en el canal.
–Es decir que acostarme contigo y el otro
animal solo era para entrar a la serie.
–Con una piedra en los dientes te deberías
dar que te estoy dando trabajo. A ti nadie te contrata por mala actriz,
conflictiva, puta, porque eso si está claro que eres bien puta y por mala
madre, eso en el público que nos ve no les gusta mucho.
Rebeca suspiró y se acomodó el pelo hacia
atrás.
–¿Tienes una blusa? Me rompiste la otra.
–En mi habitación. Cuando te vistas quiero
que te largues y mañana estés tempranito en el canal para firmar.
Rebeca salió del edificio, se montó en el
carro. Los escoltas la seguían. Comenzó a llorar. Al ver por el retrovisor vio
a los escoltas, uno en cada moto.
–¿Y estos como sabían que yo estaba aquí,
me están siguiendo?
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